Cada vez que mi abuela Emma empezaba una frase diciendo “cuando yo era una niña”, yo la miraba incrédula, convencida de que no estaba bien de la cabeza. Ella nunca había sido pequeña. Seguro, ¿quién podía dar mejor fe de ello que yo, que la conocía desde siempre?
Mi mundo era egocéntrico, sí, era… pequeñito.
Luego crecí… y conocí otras abuelas, las que venían al cole a recoger a sus nietos y llegaban con golosinas y muchas sonrisas. Y entonces descubrí la envidia… ¿por qué mis abuelos vivían a mil kilómetros y sólo los podía ver en verano? Cuando llegaba ese mágico momento, el ideal de abuelita de Heidi que yo había ido construyendo en mi cabeza se transformaba bruscamente en una imponente Rottenmeier: Quítate los zapatos, que vas a rayar el parqué. No grites. Quédate sentada y estate quieta. Estás muy delgada… lee, quiero ver cómo lo haces, ¿cómo vas en la escuela?
Una vez me llamó, me hizo sentar y me dedicó un largo sermón sobre la importancia de ahorrar para el futuro incierto. Acto seguido, muy solemne, me entregó un duro… me pareció muy escasa recompensa a cambio del exigente ejercicio de paciencia requerido… con aquello podía comprar un Cheiw de fresa ácida y me sobrarían dos pesetas… hasta que no lo estuve masticando no me detuve a pensar en su discurso. Realmente, fui una niña muy desconsiderada… pero entonces no lo sabía.
Durante años juzgué a mi abuela con la misma dureza que apreciaba en sus formas. No comprendía su contradicción como madre de mi padre y suegra de mi madre. No entendía por qué me daba un capón cada vez que bebía sin limpiarme antes con la servilleta. Por qué no le daba igual que jugara en el mobiliario urbano en lugar de en los columpios convencionales. Hasta que me cosieron el cuero cabelludo, en la trastienda de una farmacia de aldea por dar volteretas donde no tocaba. Entonces vislumbré un porqué detrás de sus manías… lástima que ese día ella no estuviera allí para constatarlo.

En esta aldea, famosa por sus “festas do viño”, me rompí la cabeza… que quede claro: siendo una niña, no andaba borracha. (Si no conoces las fiestas, pincha en la foto).
Pero lo que más me sacaba de quicio era su respuesta a mis cartas, en las que yo desplegaba un ingente esfuerzo para contarle todo lo que se estaba perdiendo… y ella contestaba con una pormenorizada evaluación ortográfica de la forma… y muy escasas menciones al contenido.
Mi abuela Emma era muy antigua. Cuando fui adolescente se empeñó en grabarme a fuego que tenía que tener mucho cuidado con los chicos… la intuía muy preocupada pero mi empatía todavía no estaba a la altura. Hasta mucho después no me paré a pensar en que, en el mundo de mi abuela, el riesgo era pagar toda una vida.
Se fue cuando yo tenía 19 años. Recuerdo que estaba sola en un despacho de una planta vacía cuando me dieron la noticia. Lloré mucho, muchísimo. No solo porque la quería. Empezaba a entenderla pero ella ya no lo sabría.
Siempre fue admirable
Años más tarde, cuando ya no pude hacerle saber mi admiración, supe que había sido una estudiante brillante. Tanto que sus padres la iban a mandar a Madrid para que estudiara arquitectura… pero ese verano se cruzó en su camino mi encantador abuelo Nando. Sus progenitores, con muy buen criterio, le obligaron a terminar sus estudios. Optó por la vía rápida: titularse como maestra. Eran los felices años veinte.
Sacó las oposiciones y logró plaza de maestra en A Lama, donde vivía su cuñada, Talita, y muy cerca de Arbo, donde su suegro era el jefe de estación y su suegra, la maestra. Nació su hijo Nando. Y luego Emma. Ella, en verano, en la casa que alquilaban en la playa de Placeres (donde hoy está Celulosas). Su marido se marchó a Madrid a preparar la oposición de Secretario del Gobernador.
Entonces llegaron las curvas: El alzamiento militar, la declaración de zona nacional… Mi abuelo regresó, pero acabó su viaje en prisión, acusado de “espía ruso”. Mi abuela también fue represaliada, le quitaron la plaza y la dejaron sin trabajo, sin casa (de maestra) y sin sueldo… ¿qué más podía pasar? Pues sí, parió mi abuela. Donde le pilló: en casa de su hermana Angelita.
Otros no sé qué hubieran hecho, pero ellos buscaron un nombre ruso y así llegaron, para quedarse, las Olgas a mi familia.
Su padre, José, que no estaba metido en política pero sí muy bien relacionado, lo solucionó todo: sus dos yernos descarriados: mi abuelo y Pampín, ni más ni menos que diputado socialista en Cortes. También logró la devolución de la plaza de maestra, que se basaba en una acusación falsa.
Se hubieran marchado a Argentina. Allí estaban sus cuñados. Álvaro les estaba esperando con un negocio ya bautizado “Hermanos Medialdea”. Su cuñada Talita ya se había ido. Enviaron la documentación a Burgos, entonces capital administrativa, para tramitar el pasaporte. Pero la de su marido nunca regresó e, indocumentado, no podía salir de España.
Se quedaron en A Lama, donde su marido puso un ultramarinos y crió gallinas mientras ella atendía la escuela y preparaba a su hijo por libre hasta 4º de Bachillerato (que sacó con sobresaliente). Después, le mandaron a vivir con sus abuelos maternos y se pusieron las pilas para intentar reunir de nuevo a la familia.
Mi abuela preparó de nuevo oposiciones, esta vez de parvulario porque las plazas eran en capitales de provincia… provisionalmente se marcharon a Vigo, donde su marido se empleó en una librería. Por las tardes ella daba clases particulares. Y de allí, a la plaza obtenida en A Coruña.

Boletín Oficial del Ministerio de Educación nacional de 2 de diciembre de 1949. Lista única de opositores aprobados para escuelas de párvulos y destinos adjudicados, lista nacional.
Las cosas no iban bien, la posguerra era dura. Su marido se marchó a Brasil a por el sueño americano y ella se quedó sola con dos hijas. Había mandado a su hijo (mi padre) a Toledo, a vivir con sus tíos. Allí preparaba oposiciones e hizo el servicio militar. Hambre. Eso recuerda mi tía, que aprendió a desatornillar la puerta de la despensa, cerrada con llave, y logró vaciar por dentro un queso con una aguja de calcetar, sin que se notara por fuera (no quiero imaginar cuando se descubrió el “pastel”).
Cuatro años después la familia se reunió para celebrar la boda de Emma, recién recibida como maestra. Mi abuelo, como muchos otros, no se hizo rico en América, pero sí trajo un montón de historias y leyendas con las que me embelesaba de pequeña. También recetas de cocina. Fue él quien me presentó al aguacate, que ahora es tan famoso pero entonces no se conocía. Eso sí, le llamaba avocado.
La última en dejar el nido fue la pequeña. Olga se casó por poderes y, una vez formalizado el sacramento, se marchó a México a vivir con su ya marido, Manolo. Mis abuelos permanecieron en A Coruña hasta su jubilación. Entonces se mudaron a Pontevedra, muy cerca de su hija pequeña, que había regresado a España, ya con dos hijos. Aún tendría dos más que harían las delicias de la abuela en su vejez.
De sus tres hijos nacimos, en total, quince nietos. Y aunque generamos muchas preocupaciones, seguro que también alegrías.
Mi abuela Emma era una mujer de rituales modernos: hacía gimnasia sueca todas las mañanas y todas las noches. Día tras día daba su paseo, a menudo en su amplia terraza, para protegerse de la lluvia, pero siempre contando sus pasos. Desayunaba leche con cereales Eko y en cada comida se ventilaba un vaso, de los de Nocilla, lleno hasta el borde, de buen tinto… por prescripción médica, para ayudar a hacer la digestión y mejorar la circulación de la sangre que, para festejarlo, se agolpaba en sus mejillas y relajaba su gesto.
Tenía los dedos hinchados pero tejía y cosía con primor e increíble destreza. No daba puntada sin hilo y regalaba frases cargadas de significado, como “cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa” o “no importa cómo empieza la vida, importa cómo termina”. No es que fuera ordenada, era meticulosa. Verla cocinar era fabuloso, aunque más aún deleitarse con su ropa vieja, sus empanadas…
En casa, siempre llevaba un poncho y era muy sensible a los cambios de temperatura. Era capaz de estornudar cien veces seguidas antes de conseguir que entendiéramos, entre sus achús y achús, que nos estaba pidiendo que alguien cerrara esa ventana del fondo. Esa que no veía pero sabía que estaba abierta… justo en el momento en que se obedecían sus órdenes, ni un segundo antes ni uno después, finalizaban sus estornudos.
Muy precavida, cuando la visitábamos, tenía su nevera llena de “comida para jóvenes”… y me observaba confundida mientras yo, que me había cepillado los huevos y las patatas fritas, así como todo el pan asignado, hacía girar sobre el plato las salchichas de Frankfurt, por no considerarlas comestibles. Entonces las despreciaba por desconocidas y ahora creo que fue uno de mis escasos aciertos.
Mi abuela Emma siempre fue maestra. Veía una nueva generación y quería legarle todo el conocimiento acumulado. Con generosidad, con perseverancia, con esa “altura de miras” que tanto se repite ahora en boca de estadistas. Sin importarle que entonces no la comprendiera, pero consciente y segura de que hoy sabría escribir con corrección y comportarme en la mesa como Dios manda.
Es curioso, lo que más recuerdo es el brillo de sus ojos. Aunque resuenen en mi mente sus regañinas, también sus juegos, sabía muchísimos, y su gesto, siempre sonriente. Cada vez que me preguntan por qué mis hijas se llaman así, ella viene corriendo a mi mente. Y es que elegí los mismos nombres que les puso ella a las suyas… ¿Y por qué no? Le alabo el gusto.
Puede que algún día, como mi abuela Emma, tenga la oportunidad de compartir mi sabiduría con la siguiente generación. Lo que es seguro, si llega ese momento, es que no podré evitar preguntarme si mi estudiado discurso es juzgado desproporcionado para la ocasión. Aun así, confiaré en que, como me demostró mi abuela, aunque parezca una batalla perdida, si siembras, algo queda.
Notas sobre la imagen principal:
- La caligrafía de la imagen no es de ella. La suya era impecable. Es un tributo porque así es como le gustaba que escribiera.
- Su apellido, Dapena, es gallego. Proviene de “da pena” y significa “de la Peña”.

He conocido cosas de mi abuela gracias a este buen reportaje sobre ella. Yo tengo otros recuerdos ya los compartiremos. Enhorabuena eres una buena escritora. Abres tu corazón al escribir y muestras tus sentimientos con emoción y transparencia sorprendente. Ademas buscas información en otras fuentes lo que da mas interés pues aporta muchos datos . Ademas pienso que has hecho una interesante selección de datos y has dado forma al recuerdo que tienes de ella.
Seguro que tú tienes otra visión y me encantaría que la compartieras conmigo. Mi intención es contar lo que sé de la historia de la familia porque, al final, es la historia de las personas, esa que no nos cuentan los libros del cole, esa que protagonizan personas como tú y como yo, que sobrevivieron a su contexto y acumularon lecciones valiosas que creo que vale la pena conservar y compartir, especialmente con las nuevas generaciones para que ahora, o en el futuro, cuando les vengan bien, las tengan ahí. Me hago mayor y, a medida que se amplía mi perspectiva, más aprendo de todo lo vivido. Es un homenaje a nuestros mayores, que antes que frailes, fueron cocineros. Habrá más… Buen día guapa! 🙂