Un día, de esos que te dan las tantas, charlando con mi hermana, llegó el momento de las confesiones… Nos queremos mucho, pero nos lo decimos poco, supongo que como casi todos los hermanos del mundo.

Esa noche descubrimos que las dos nos admirábamos la una a la otra… quiero decir que conocimos el punto de vista ajeno, más allá de la complicidad y competitividad que siempre hemos compartido. Y fue una revelación expresada a través de anécdotas muy lejanas.

Ella me contó que recordaba un día en la guardería (nos llevamos año y medio, quizá por eso para mí, más que una evocación, fue una noticia). Al parecer en ese momento estábamos todos los niños juntos (era una guardería muy moderna, incluso para los cánones actuales) y me enzarcé en una discusión con la profesora en torno a matices cromáticos: Ella decía marrón. Yo, verde. Nadie más tomó partido y la profesora insistió tanto, que finalmente cedí con una frase que le impactó a mi hermana: “Vale. Si dices que es marrón, te creo… Pero yo lo sigo viendo verde”.

Evidentemente, yo no fui consciente de la profundidad de mis palabras, aunque es cierto que expresaban una de las escasas certezas que me acompañan y que quizá constaté por primera vez ese día: tengamos lo que tengamos delante, cuantas más personas, más visiones. Aquella respuesta también reflejaba otro rasgo de mi carácter: la terquedad, flexible y respetuosa, pero infinita. Y lo del verde también tiene su explicación. Cada vez que llego a Galicia el verde me inunda, pero no un verde nítido sino miles de matices que van del blanco al gris, pasando por el azul, el amarillo, el anaranjado e, incluso, el marrón. Me encanta recrearme en esa paleta de verdes.

He comenzado por lo que me contó ella porque no recuerdo muy bien a qué acontecimiento recurrí yo. Tenía muchas razones y momentos entre los que elegir. En la guardería solo compartimos un año, porque nos llevábamos dos cursos. Y la eché mucho de menos. De allí pasé al colegio donde ella ya me estaba “esperando”. Un centro educativo muy rígido, con unas normas muy estrictas, que incluían la prohibición de jugar a la pelota en el patio (y en cualquier otro sitio, claro).

El primer día me subí a un árbol y entré en la lista “negra”, es decir, entre las habituales a la puerta del despacho de la directora. Aun así, no me lo pensé ni un segundo cuando mi hermana me invitó a unirme a un partido de balontiro clandestino: las mayores (¡de tercero de EGB!) habían logrado introducir un balón en el patio. Lo escondían en una zona de hierbajos, pegada al lugar donde se quemaba la basura. Allí, en medio del humo, entre cristales y otros desperdicios, me uní al grupo, muy nerviosa, de la mano de mi héroe (sí, ya sé que es heroína, pero es una licencia que me tomo de la expresión “es mi héroe”, que es exactamente como la percibía yo en ese momento)… me sentí evaluada pero no cuestionada. Venía muy bien recomendada, así que me dieron la oportunidad y correspondí lo mejor que pude. Mi entrega tuvo premio y logré hacerme habitual de la partida.

Ese día me sentí muy agradecida a mi hermana mayor porque las peques éramos despreciadas en general, especialmente las que no nos habíamos unido al rebaño liderado por la mandona de la clase (siempre hay una). No solo me divertí muchísimo, me gané el respeto de las mayores, que comenzaron a saludarme donde me encontraran y, por ende, el de las de mi curso. Y todo porque ella había sido muy generosa y muy valiente. Con ella me iría al fin del mundo… bueno, la verdad es que, literalmente, eso ya lo he hecho… varias veces 😉

 

María José Medialdea