Lo hacemos continuamente. Criticamos todo lo que pasa por nuestras cabezas. Normalmente queda ahí, en la intimidad de nuestro pensamiento. Porque la mayor parte del tiempo no lo verbalizamos. Pero de vez en cuando lo hacemos. A la cara. Sobre todo cuando nos lo piden… y, además,  nos atrevemos. Y aquí viene el tema: si abrimos la boca sin más, probablemente no acabe bien. En base a ensayo-error, he aprendido una fórmula para multiplicar las posibilidades de éxito. Si quieres, te la cuento.

Porque no sé tú, pero yo he metido muchas veces la pata. Y no me refiero a ejercer deliberadamente la segunda acepción de crítica, de acuerdo al diccionario de mi admirada María Moliner: atacar o censurar.

 

Muchas veces he abierto la boca sin pararme a pensar antes. Y, con toda mi buena intención, la he ‘cagao’. No he conseguido que me escucharan (ámbito profesional) o, peor aún, he hecho daño sin querer (ámbito personal). Y es que soy una bocazas. Siempre lo he sido y siempre lo seré. Pero también aprendo y, cada vez más, critico con éxito. No solo eso, también me tomo las críticas con deportividad.

Lo que he descubierto es que la clave está en la coherencia. En plantearse estas dos preguntas:

  • Cuando das tu opinión (criticas), ¿lo haces con ánimo de aportar? Si la respuesta es no, este no es tu post.
  • Y cuando la diana eres tú, ¿percibes la crítica como una agresión y te defiendes? Si la respuesta es sí, creo que te interesa lo que viene a continuación.

Si te importa, no te calles

Nuestra sinceridad puede generar un conflicto: ¿qué opinas de este proyecto? (en una reunión de trabajo), ¿cómo me quedan estos pantalones? (en un probador), etc. Una opción conservadora es “en boca cerrada, no entran moscas”. Pero si te lo están pidiendo y te importa, no es momento de callarse. Eso sí. Piensa antes de abrirla. Pon por delante tu objetivo: ¿quieres hacer daño? ¿o quieres aportar?

Si hemos decidido aportar, tenemos que lograr que una crítica bienintencionada no se perciba como una descalificación o una agresión en toda regla. Soltar la información solicitada sin más nos lleva, casi con total seguridad, a un enfrentamiento, es decir, a recibir una  defensa o un contraataque: ¿cuántas veces ha terminado la cosa en “¿para qué me preguntas?”?

Recordemos nuestra decisión: nos tenemos que centrar en el objetivo. Y no basta con tener buena intención. Debemos dar muestras de ello. La otra persona debe percibirlo. En el éxito de la comunicación juega tanto el emisor (y su intención) como el receptor (y su interpretación).

Incluso cuando aportamos la crítica a petición previa, no debemos olvidar que esa persona tiene corazoncito. Si te pide opinión a ti es porque la considera valiosa. Es decir, sus expectativas estarán mezcladas con emociones, independientemente del ámbito de que se trate.

Por ejemplo, con respecto al proyecto sobre el que te preguntan en medio de una reunión de trabajo, seguro que se te ocurren pegas. Pero párate a pensar también en por qué está encima de la mesa. Es valioso. Y tu opinión también, por eso te la piden. Si queremos hacer ver lo que creemos que no se ha tenido en cuenta, conseguir que nos escuchen, no podemos empezar por ahí.

Esta libreta es un desastre

Para que nos entendamos, un ejemplo de andar por casa: mi hija había sido amonestada por su profesora porque su libreta era “un desastre”. Me la mostró y vi muchas cosas, literamente. La primera idea que te venía a la mente al observar aquel amasijo de textos y dibujos era “caos”.

Pero yo sabía que mi hija no era descuidada sino detallista. Y que se estaba esforzando (por eso le había dolido tanto la crítica). Le busqué sentido. Entonces percibí y comprobé que así era, caso a caso, que todos aquellos garabatos que se mezclaban con las letras eran ilustraciones. No eran una muestra de su falta de atención, no los hacía porque estuviera distraida. Y no estaban ubicados al azar.

Había muchas cosas que podían mejorar en esa libreta, pero también otras muchas fantásticas. Una crítica bienintencionada exige mantener en mente el objetivo: aportar. Le dije que me encantaban los dibujos con los que ilustraba los textos. Así me enteré, por sus explicaciones, de que esas rayitas que salían de un objeto eran destellos, porque era “nuevo”, tal cual rezaba la frase que se mezclaba con la ilustración.

Entonces, y solo entonces, cuando ella supo que yo entendía y valoraba su esfuerzo, le dije que se me ocurría alguna cosilla para que su libreta fuera más bonita y le gustara más a la profe. Por ejemplo, respetar los márgenes, dejar espacio para las ilustraciones, utilizar los colores para ordenar, etc.

Objetivo conseguido: había ayudado. En muy poco tiempo la libreta se transformó y toda esa información (textos e imágenes) adoptó una forma comprensible y atractiva, visualmente perceptible por cualquier persona. También, por lo que mostraron las notas, para su profesora.

Y ahora, un poquito de por favor

Este ejemplo es fácil de entender porque sabemos que los peques están aprendiendo y, por tanto, le echamos paciencia y creatividad. Sin embargo, cuando tratamos entre adultos, falta comprensión. Insisto. Falta. Porque en ningún sitio nos enseñan a formular y recibir críticas. Hay quien demuestra maestría, pero también aprendices e ignorantes. Damos por sentado que una persona madura tiene que comportarse como tal. Pero una persona fantástica puede tener ese talón Aquiles. De hecho, es bastante común.

Si estamos de acuerdo en que la crítica es una comunicación entre personas (con emociones), su formulación marcará el éxito o el fracaso en la transmisión del contenido.

Para que lo veamos más claro, pongámonos al otro lado: nos toca recibir. No nos dejemos llevar por lo que parece una descalificación pura y dura. Quizá no lo sea. No demos nada por sentado. Hagamos la prueba y pongamos al emisor en su sitio (en nuestra cabeza) a través de la escucha activa.

Preguntemos por la intención: ¿quieres decir que todo el trabajo que he hecho es una caca? (que es a lo que me suena) ¿o me estás intentando hacer ver algo que crees que puedo mejorar? (que es lo que quiero). En el cerebro de la otra persona la intención es clara. Si nos quiere ayudar, seguro que arroja luz sobre sus intenciones.

Si lo logramos, habremos dado dos pasos: adaptar nuestra actitud a la realidad (positiva o negativa), sintonizar y avanzar. Además, hacerle ver que no es tan obvio si no lo explica (inversión de futuro).

No somos tan racionales como nos creemos. Lo veremos mejor si salimos completamente del ámbito personal. Analicemos la crítica de un cliente (que no tiene por qué estar formulada correctamente). Su contenido podemos tomárnoslo de dos formas:

  • Reafirmarnos en nuestra posición: nosotros conocemos los porqués de lo que hacemos, el cliente no. Se ponga como se ponga. Probablemente le demos las gracias por cortesía y le expliquemos nuestros porqués. Error. Oportunidad perdida.
  • Liberarnos de nuestros prejuicios (olvidar nuestros porqués) y ponernos en su lugar para descubrir una mirada diferente, un punto de vista nuevo: aprender y mejorar.

 

Criticando, que es gerundio

¿Lo ponemos en práctica? Critícame: ¿te he aportado algo? Y aunque así fuera, seguro que puedo mejorar un montón (¿más ejemplos?, ¿más humor?…). Prometo intentar aplicarme el cuento.

 

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