Sabemos que hay otras especies, como delfines u orangutanes, que practican el sexo independientemente de sus posibilidades de procrear. Aparentemente, solo por el placer de hacerlo. Hasta ahí, no somos especiales. Sin embargo, las humanas son las únicas hembras de la naturaleza que tienen inflamadas las mamas permanentemente y de forma notoria (unas más que otras). Es decir, estén o no amamantando.

Evidentemente, también son las únicas que se operan para agrandarlas. No quiero entrar en el juego del huevo y la gallina, pero la verdad es que tampoco en la naturaleza hay otros machos interesados en ese atributo. Da que pensar. De hecho, hay numerosos estudios en torno a la “tetología”.

Pero nuestra especie suma una rareza más: las hembras “ocultamos” al mundo nuestro periodo reproductivo. No es evidente, ni siquiera para la mayoría de nosotras. Tenemos una menstruación (más o menos) regular, pero solo indica que en ese momento no estamos gestando.

Puede ser que la naturaleza (o quien la creó) sea muy sabia. O como sugirió Darwin, que sea fruto de la casualidad. Una casualidad que se habría convertido en generalidad porque las hembras que desarrollaron estas características tuvieron más éxito. El caso es que, de momento, no nos hemos extinguido. Y, por el camino, la evolución nos ha traído hasta aquí.

¿Qué ganamos con esta rareza?

Está demostrado que el roce hace el cariño. Químicamente, quiero decir. Nuestro cerebro libera oxitocina cuando mantenemos relaciones sexuales. Y eso hace que se despierte y crezca el amor por nuestra pareja. Y me refiero a las dos partes, es mutuo. Dadas las circunstancias de falta de información sobre el momento preciso, lo probable es que se produzcan varias relaciones sexuales antes de que se logre la fecundación. Para entonces, nos sentimos unidos.

Eso mismo ocurre cuando una mujer amamanta a su bebé, se libera oxitocina (por ambas partes) que incrementa el amor y, por tanto, el cuidado y la atención. Al margen de eso, o por si falla, nuestras crías cuentan con otra arma muy poderosa: su llanto es irresistible.

Hay diversas estrategias

En el reino animal hay ejemplos que muestran distintas maneras de abordar el éxito de la pervivencia de la especie. A pesar de los condicionantes biológicos, la responsabilidad no siempre recae en la hembra. Hay especies que se reparten el trabajo. Entre los mamíferos, menos de un 10% de las especies. Por ejemplo, las que engloban a los cánidos: zorros, hienas, lobos o algunos roedores. También la mayoría de las aves. En algunos casos se trata de monogamia social (aparente, pero con posibles trampitas) y en otros, menos numerosos, de monogamia sexual (la genética demuestra que no existen los cuernos).

Y luego están, totalmente al margen de la monogamia, los bonobos. Muy próximos a nuestra especie. Comparten algunas características con nosotros. Por ejemplo, un mayor tamaño y fuerza de los machos (desmontan el mito de que eso implique organización patriarcal, porque la suya no lo es), diversidad facial (son reconocibles por sus rostros) o una ligera, pero permanente, inflamación de las mamas en las hembras. Si nunca habías oído hablar de estos primos, su comportamiento social y sexual te va a sorprender.

También en el mar hay casos de padres muy implicados, a veces incluso antes del nacimiento, como los machos de los caballitos de mar, que asumen el “embarazo”. Por no hablar de la épica incubación de los pingüinos emperador, que renuncian a alimentarse para proteger su huevo durante meses (aunque en este caso, reciben relevo de unas no menos abnegadas madres).

Otros, como los monos búho, cargan sobre sus hombros el periodo de lactancia. No solo transportan al bebé desde que nace, para que la madre no se canse. También se ocupan de que su pareja se alimente convenientemente. Le buscan y ceden los mejores bocados, los más nutritivos, para garantizar su bienestar. Evidentemente, ese esfuerzo extra del macho, revierte en su cría. Y no, no se lo echan en cara. No son tontos.

Los que está claro que no calcularon bien fueron los machos de las lagartijas cola de látigo, que ya no existen en algunas de sus poblaciones. Y a pesar de su desaparición, no hay riesgo para la pervivencia de la especie. Porque las hembras pueden reproducirse autónomamente. Actualmente, mantienen el rito de la fecundación, estimulándose unas a otras para provocar la ovulación. Luego se autofecundan. Si estás dando por sentado que se clonan, te equivocas.

¿Qué le espera a la humanidad?

Nuestra forma de abordar la cuestión ha funcionado hasta el momento. Lo que no evita una soterrada guerra entre ambos sexos, al menos en nuestro entorno. Será que no nos hemos parado a pensar que, en lo básico, somos iguales: personas. Y que cada invidividuo, macho o hembra, proviene de una madre (hembra) y un padre (macho), con un interés común: reproducirse. No solo eso, hembras y machos heredan y transmiten cualidades físicas y psíquicas cruzadas. Tenemos más cosas en común de las que nos distinguen.

Así que, crisis de natalidad aparte, mientras nos ponemos de acuerdo, probablemente nos extingamos por otra causa. Nuestra deficiente sostenibilidad o cualquier otra razón, a la que se sumará esa estupidez tan humana de cerrar los ojos a realidades incómodas. Eso sí, nos queda la certeza de que la noche anterior dormiremos felices, gracias a esa frase que nos da tanta paz: mañana será otro día.