Recuerdo cómo me gustaba ver, cuando era niña, aquellas bombillas rojas, tan solitarias, a los lados de la carretera. Me resultaban amigables y si el coche hubiera parado cerca, habría corrido a mirar qué había dentro. Aquella bombilla pelada en la puerta, con una luz que apenas alumbraba, me hacía imaginar a una persona mayor, sentada a una mesa en una habitación destartalada, escuchando la radio… menudo susto me habría llevado si hubiera llegado a entrar.
Ahora hay educación sexual en la escuela. Debería ser otra historia, ¿verdad? Sin embargo, cuando llega ese momento en el que la retención a la entrada de la ciudad te pilla a oscuras y da tiempo a leer tranquilamente los carteles, llegan preguntas que siguen resultando incómodas:
– “Sex toys shop”, ¿tienda de juguetes sexuales? -mardito bilingüismo- Mamá, ¿qué juguetes venden ahí?
No vas a mentirle, pero tampoco quieres asustarla. El sexo todavía le produce un poco de repugnancia desde su pudor infantil. Pero ya sabe qué es a nivel académico: un acto que llevan a cabo las personas con ánimo reproductor, utilizando para ello sus órganos reproductivos… ¿dónde quedan los juguetes? Uffff.
Repasas mentalmente qué objetos de los que se venden ahí serían entendibles desde su perspectiva…
– Disfraces. Por ejemplo, venden disfraces -como casi siempre, verbalizo en paralelo a mi pensamiento. Sin filtros. Y sin medir a dónde me llevará.
– ¿Disfraces? ¿de qué?
– Picardías- añade el conductor. Parece que se aburre.
– ¿Picardías? ¿qué es eso?
– Ropa sexy -ganas me dan de decirle al otro si de verdad había que entrar en ese jardín, ¿no estábamos hablando de juguetes?
– ¿Cómo es la ropa sexy, mamá?- ¿por qué me pregunta a mí? ¿Por qué? ¡Ha sido su padre!
– Pues eso, cortita, transparente… no sé.
– ¿Y de qué son los disfraces?
– De todo. Policías, médicos, enfermeras…
– No entiendo para qué se disfrazan de médicos y enfermeras…
– Pues para jugar. Como si fueras otra persona. Así es más divertido.
– ¿Y los policías con pistola?
– O con esposas… -por favor, que pare ya. Nos aproximamos a los consoladores.
Comienzan a surgir en mi mente otros productos presentables que interponer en el camino: aceites para dar masajes, perfumes (sin mencionar las feromonas, claro) …afortunadamente, el coche comienza a moverse y vislumbramos a lo lejos, acercándose, nuevas luces llamativas. Las de la guardia civil de tráfico, que protege un vehículo parado en el arcén, señalizado también con una flecha roja que invita a desplazarse a la izquierda. El autobús reduce el número de carriles disponibles de tres a uno.
Todos los ocupantes de nuestro vehículo, igual que los del resto, centran sus miradas en el conductor que, documentación en mano, camina hacia los agentes. Ligeramente arrugado, acusa el peso de la culpa que le transmitimos los sufridores del atasco. Bueno, yo más bien le observo agradecida. El cartel luminoso de la tienda de juguetes sexuales queda atrás… hasta la próxima.
Imagen principal: Alexa_Fotos. CCO Creative Commons. Descargada en Pixabay.
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