Algo me dice que los andaluces, hartos de que les llamaran vagos, decidieron no perder más tiempo en luchar contra ese estereotipo y darle la vuelta a la tortilla. No debería sorprendernos, una persona vaga es aquella que se esfuerza lo mínimo posible. Dicho de otra manera, no trabaja más de lo estrictamente necesario. Eso, más teniendo en cuenta las temperaturas que llegan a alcanzar sus termómetros, es, por encima de todo, señal de inteligencia. Son más listos.
Andalucía lidera la cifra de estudiantes superdotados de España. Parece que han puesto los medios para detectarlos. Eso afirma Mónica Fernández, coordinadora del grupo de investigación en altas capacidades del Colegio de Pedagogos de Cataluña. Esos medios también explican la modesta undécima posición de su tierra. Y es que las competencias en educación están transferidas y los esfuerzos son dispares.
Más de una de cada tres personas talentosas detectadas en España es andaluza. 11.500 de 27.133. Son listos, lo mires como lo mires. Tanto si es porque funcionan sus mecanismos de detección como si se debe a que el calor agudiza el ingenio o, simplemente, porque tienen suerte genética.
Lamentablemente, como también figura en el reportaje de EFE, publicado por El Economista, el pronóstico para personas talentosas no es halagüeño. Mónica Fernández explica que “los estudiantes que por su manera más rápida y profunda de pensar, ‘no se adaptan a los estándares del sistema educativo, también necesitan apoyo en la escuela, como evidencia que el 33% de estos alumnos acaba en abandono escolar por desmotivación”.
La educación está congelada
Se refiere a los detectados. Creo que hay muchos más de los que imaginamos. Porque si fracasamos con los que sabemos qué necesitan, ¿qué ocurre con el resto? Por lo que viví y por lo que percibo a través de mis hijas, la educación está congelada en el tiempo. Todos los años tienes las mismas asignaturas. Te cuentan lo mismo, con un poquito más de detalle. Como si en tu futura vida tuvieras que saber de todo. Como si la especialización no nos hubiera llevado a las más altas cotas de conocimiento.
Cuando era estudiante y protestaba me salían con aquello de “es por cultura general”. Y es cierto, un común compartido es útil para entablar conversaciones con cualquier persona. Pero si todos sabemos lo mismo, ¿a dónde lleva esa charla más que a reconocernos? Desde luego, no a aprender, ni a complementarnos ni a hacernos mejores.
No es que yo sea muy lista, pero la vida te enseña. Al final te relacionas con las personas con las que estás a gusto. Te sientes útil cuando puedes aportar y agradecida cuando aprendes. Y eso ocurre cuando has enterrado el logaritmo neperiano, las declinaciones del latín, la clasificación de los invertebrados, los afluentes del Ebro, el sintagma nominal, las guerras púnicas o la lista de los verbos irregulares en inglés, salvo que los utilices en tu día a día.
Las capacidades son múltiples y variadas. Si no somos ni seremos iguales, ¿por qué tenemos que saber lo mismo? Y no hablo de mentes prodigiosas. Con dificultades de aprendizaje se puede brillar y mucho. Es tan evidente como que el peor coche del mundo, bien cuidado, te puede llevar lejísimos. Un Ferrari sin gasolina no arranca. La educación básica, debería ser básica. Y las habilidades sociales pasar a primer plano.
Ya no es cuestión de que las capitales de los países cambian o descubramos que el Amazonas es más largo que el Nilo, es que datos tan importantes como el origen de la humanidad o en qué momento empezó la historia, que nos grabaron a fuego, resulta que estaban equivocados. Porque tú aprendiste que la escritura nació en Egipto alrededor del 3000 antes de Cristo y que los neandertales desaparecieron (y encima, misteriosamente), ¿verdad?
Imagen principal: Pixabay.
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