Esta semana podía haber volado por los aires. Al parecer durante el fin de semana unos ladrones se llevaron tuberías de las conducciones de gas de un par de viviendas de mi edificio. Eran de cobre. Por el camino estropearon una válvula y provocaron un escape de gas.
Si algún ladrón de cobre me está leyendo, no me parece nada bien que os marchéis así, sin decir nada. Hubiera bastado un papel pegado a la puerta de los contadores para alertarnos. Por suerte, el lunes por la mañana un vecino notó el olor a gas, llamó a la compañía y se descubrió una fuga que podía haber provocado una explosión.
Mediada la semana tuve un accidente con el coche. Era miércoles. Mi hija pequeña me había hecho prometerle que sería puntual en su función de fin de curso, a las 2.30 del mediodía. Llegar allí me llevaría veinte minutos, pero sabía que no bastaba con llegar a tiempo. No iba a ser fácil aparcar. Así que, a las 13:45, ya de camino, llegué a una rotonda.
El semáforo estaba rojo, pero intermitente para continuar. Lo hice, con precaución, como mandaba el naranja. Dos motos venían, bastante rápidas. Una de ellas puso el intermitente a la izquierda y paré para respetar su prioridad. Pero el coche de atrás no paró. Bajé para mirar y le pregunté: “¿no has visto la moto?”. “Lo tenemos verde”, me reprendió (eso me dijo y no dudo de que fuera real en su cabeza. Deberían eliminar los semáforos intermitentes, bastante gente los considera “abiertos” y provocan accidentes). Justo en ese momento los coches, que hasta entonces lo habían tenido rojo, se ponían en marcha porque, ahora sí, había cambiado a verde.
Nos arrimamos al borde de la rotonda y dejé el coche a la sombra de un árbol, ¡qué suerte! Allí nos encontramos de nuevo. Ni la otra conductora ni yo llevábamos ningún ejemplar del formulario para la presentación del parte amistoso. Ella llamó a alguien para que se lo trajera. Yo a la Policía Local para preguntar cómo debíamos actuar. Tras asegurar que no había víctimas, me informaron de que no era necesario el parte europeo ni que se personasen allí. Bastaba con que apuntáramos los datos en una hoja cualquiera y firmáramos.
Comencé a inquietarme por el paso de los minutos. La otra persona no llegaba con el parte. Mi hija mayor, a la que tenía que haber recogido por el camino, tampoco llegaba. Ella venía de clase de dibujo y seguramente tendría algo donde escribir. La pequeña tendría ya los ojos fijos en el reloj.
Llamé a mi compañía aseguradora para informarme mejor. María me atendió muy amablemente, me confirmó la información proporcionada por la policía y me preguntó si podía hacer algo más por mí: “salvo que puedas ir a recoger a mi hija del colegio, nada más gracias”. Las dos nos reímos. Estoy segura de que me hubiera echado esa mano de haber podido, pero trabajaba hasta las 8 y, probablemente, en otra ciudad. En Qualitas Auto son eficientes y amables. Como respondí en la encuesta, “se lo recomendaría a mis amigos”.
Por fin llegó la persona que traía el papel que necesitábamos. Y, qué curioso, era vecino del edificio que casi había saltado por los aires hacía un par de días. Callado, pero amable, como siempre que coincidíamos en el ascensor, se protegió también a la sombra de los árboles mientras iniciábamos el trámite.
Apareció mi hija mayor. La había llamado para avisarle de que no podía acudir a recogerla, que tomara un taxi y viniera a donde estaba parada. Pero no consiguió detener ninguno. Al parecer, no les había parecido lo suficiente mayor. Sin embargo, había sido lo bastante adulta como llegar hasta allí andando, en un recorrido que nunca había hecho, con un sol de justicia y en apenas 15 minutos.
Entonces apareció la policía. “La he llamado yo”, dijo ella. “Ah”, contesté yo, empujando fuera la sorpresa que me había asaltado. Una pareja de agentes muy jóvenes bajó del vehículo y se hizo cargo de la situación. Comenzamos a proporcionar de nuevo los datos.

Eran las 2 y 26 minutos cuando llamé a una madre que conocía, por si ella podía, en caso de que yo no llegara, recoger a mi hija y llevársela a su casa, adonde yo iría a buscarla lo antes posible. Pues no, ya iban cinco en el coche. Barajé llamar al centro, pero antes les pregunté a los policías. Les expliqué que tenía prisa porque tenía que recoger a mi hija pequeña y me aseguraron que no sería mucho, alrededor de 20 minutos. Cumplieron.
Y eso a pesar de que, como me informó uno de los policías, mi carnet de conducir había caducado. No hacía mucho, el mes pasado. Si no hubiera ocurrido el accidente, podrían haber pasado años sin que me diera cuenta… ¿cada cuánto os acordáis de mirarlo? Me cayó una multa. Afortunadamente, me explicó el agente, aún podía conducir el coche las próximas 24 horas. Y recoger a mi hija.
A las 3 menos cinco arranqué. Conduje rápido, pero prudente. Quince minutos después entraba en la urbanización. Le expliqué a la mayor que, antes de buscar aparcamiento la dejaría en la puerta. Así ella llegaría antes y podría explicarle a su hermana. Pues sí, justo en la puerta. Había un sitio donde dejé perfectamente aparcado mi coche y echamos a correr.
Llegamos a la clase donde todos los padres estaban sentados en el centro, mientras los estudiantes hacían corro alrededor. Me pegué a una pared y busqué con la mirada a la peque. Enseguida detecté los codazos que llevaron a que asomara la cabeza y me mirara muy severamente. El resto de la clase prestaba atención a un vídeo. Cuando terminó, cuatro niñas leyeron sus frases. Eran las últimas. Mi hija, una de ellas.
Un segundo después me estaba apretando muy fuerte el brazo, “ya puedes tener una buena excusa” me amenazó. “He tenido un accidente con el coche”, ¿sería suficiente para calmarla? No. No me creyó en absoluto. Más de una vez, cuando le respondía “si no pasa nada, allí estaré”, le había tenido que contestar a la pregunta “¿y qué puede pasar más importante?”. “Un accidente con el coche, por ejemplo”, le respondía siempre. Miró a su hermana que le confirmó los hechos y le aseguró que cuando saliera vería el bollo en la parte trasera. Y, además, añadió con gravedad, “ha venido la policía”.
Entonces todo cambió. Aflojó la presa y me abrazó: “¿estás bien?”. No me dio tiempo a contestar, ya se había ido a gritar a los cuatro vientos que su madre había tenido un accidente con el coche y por eso había llegado tarde. Todos los adultos me miraron y varias niñas vinieron hacia mí para confirmarlo. Mi cara pasó de “tierra trágame” a “qué emocionante, ¿verdad?”.
A la vuelta aún quedaba tela que cortar. Tenía que aparcar en la calle. Bueno, quería aparcarlo en la calle. En verano salen las cucas a pasear por el garaje y yo no bajo. Les tengo tanto repelús que ni siquiera pronuncio su nombre completo. Así que tenía que encontrar un sitio en una zona muy complicada. No quería que fuera muy lejos porque no sabía cuándo podría volver a cogerlo. Ahí estaba el hueco, a la misma puerta de casa, claro.
Hoy es viernes. Ya he renovado mi carnet.
Este es el mes del coche. Mi primer día de vaciones me fui con Eva al Saler porque me pidió una tarde de chicas. Al volver en la entrada de Valencia estábamos parados como 10 coches en el semáforo y el q venía lijado detrás de mí no se percató ni de la luz, ni de la fila e hice de cojín mullido. Casi me da un pasmo… coche roto+susto de muerte!!
Aún así … estamos de vacaciones , alegria!! Alegria!!!
Estamos!! 🙂
Besos, preciosa!