El otro día me llegó por “uasap” un chiste fácil, basado en tópicos, que me pareció que tenía su gracia. Una lista de razones por las que los hombres son felices, redactada, decía, por una mujer. Eliminé unas cuantas que me parecieron absurdas o falsas (“conservan su apellido toda su vida”. Sí, ya sé que en otros países es una suerte reservada para ellos). Aun así, quedó una buena retahíla, que reproduzco a continuación:
Los hombres son felices porque:
- Pueden comerse un plátano en público tranquilamente.
- Nunca se quedan embarazados.
- Los mecánicos no les ven cara de tontos.
- Las arrugas les añaden carácter.
- Las canas les agregan atractivo.
- Sus llamadas telefónicas duran 30 segundos.
- Les importa un huevo si alguien aparece en una fiesta con la misma ropa que ellos.
- Les importa un huevo usar el mismo traje en las últimas 12 bodas.
- Pueden ver televisión con un amigo en silencio total, durante horas, sin pensar: ¿Será que está enfadado conmigo?
- Su ropa interior cuesta 10 euros en pack de tres.
- El mismo peinado les dura años, quizá décadas.
- Se ponen cualquier bañador y les da igual cómo les siente.
- Sólo tienen que afeitarse la cara, si quieren.
- Pueden dejarse bigote.
- Pueden aumentar tres kilos y ni se dan cuenta.
- Con tripa o sin tripa, siguen teniendo novia.
Después, me quedé pensando… una indiferencia por el aspecto físico (propio) parecía estar asociada a la mayoría de las cosas que les hacen felices. Esa paz interior, ¿es divertida? Me levanté convencida de que las mujeres (siempre en base a la imagen social que se nos presupone) somos más felices y, también, con una lista detallada de razones, que me había traído Morfeo, que me llevan a afirmarlo.

CC0 Public Domain. Thetruthpreneur. Pixabay.
Las mujeres somos felices porque:
- Cuando alguien nos cuenta un problema no damos por sentado que nos esté pidiendo que lo solucionemos.
- Podemos discutir como si no hubiera un mañana y, después, tan amigas.
- Podemos llorar, sin dar ninguna explicación, cuando nos lo pide el cuerpo. O gritar. O mostrar emociones con mayor libertad.
- Podemos abrazar y/o besar a quien queramos, públicamente, sin que signifique nada, más allá de la expresión de cariño.
- Tenemos a nuestra disposición una variedad infinita de ropa y calzado (corte, tejidos, colores…). No como los hombres, que tienen que conformarse con sota, caballo y rey.
- Podemos hacer con nuestro pelo lo que nos dé la gana: rizarlo, alisarlo, cardarlo, vaciarlo, cortarlo, desflejarlo, dejarlo largo, cambiarlo de color… o llevar el mismo peinado toda la vida.
- Si queremos, podemos decorarnos: maquillarnos, enjoyarnos, combinar infinitos complementos, etc.
- Nuestra ropa interior, además de ser mucho más variada, incluye un montón de artilugios para, si nos apetece, hacer creer lo que no es (eliminar barriga, aumentar talla de pecho, subir el pompis…).
- Si el mecánico nos ve cara de tontas podemos aprovecharnos de su simpleza para hacerle sentir el rey del mambo y salir del taller con la reparación hecha… gratis.
Sí, son estereotipos. Y esto no es una guerra. No debería pasar nada porque dos hombres se abrazaran y besaran simplemente para saludarse o porque optaran por vestir una falda fresquita en verano… Pero nuestra sociedad no lo acepta. Creo que las mujeres, en conjunto, hemos avanzado y nos sentimos más libres de los estereotipos externos. Por ejemplo, hemos conquistado la ropa tradicionalmente “masculina”, que ya no lo es, sin cerrarnos otras puertas.
Pero… Sí, reconozco que envidio especialmente esa tranquilidad con la que les ves pasear por la playa sin, aparentemente, pararse a pensar en las imperfecciones de su cuerpo. Me gustaría decir que estoy por encima de ello, pero no. Aunque me rebelo, no soy inmune a la sensación de que si te sales del patrón quedas fuera de juego. Si un extraterrestre captara nuestras emisiones televisivas se haría una idea muy equivocada del aspecto físico de la mayoría de las personas. Especialmente de las mujeres.
¿A dónde vamos?
En mi juventud creí que las mujeres nos daríamos cuenta de esa evidencia y copiaríamos en masa esa conformidad con el físico que nos ha tocado (y su evolución). Pero no, aquel horroroso “para presumir hay que sufrir” sigue vigente. Y no solo eso, se expande. Anorexia y bulimia ya no tienen sexo ni edad, la vigorexia está en alza, cada vez son más los hombres que se depilan…
Pero volvamos a la sonrisa. Hace unos meses tropecé con una película (“Juegos de Familia“) que me resultó refrescante en cuanto a tópicos. Contaba una historia de andar por casa, de situaciones paralelas y ajenas, pero interconectadas. Sobre todo, me sentí cómoda con sus protagonistas, muy naturales, cercanos y variados. Me gustó ver a altas y bajos, a mayores, medianos y jóvenes, a pecosas y canosos, a famosos y a menos conocidas… interactuando y protagonizando una realidad diversa, valiosa en todos sus matices, como la vida misma.
No circuló por las grandes salas, pero en mi sesión no quedaba una butaca libre. Al terminar, nadie se levantó con prisa. Leímos los créditos. Apuramos la banda sonora. Y salimos, tranquilamente, con la sonrisa puesta… ¿quién sabe?
(Imagen principal obtenida de Pixabay, firmada por Ryan-McGuire. CC0 Public Domain).

Leído y listo para servir. Cada uno se queda como está y con sus ventajas y desventajas. Hay otras cosas que hacer.