Desde ayer a mediodía tengo un nudo en el estómago. Me enteré por las noticias de que una niña de nueve años había logrado demostrar, sin ningún género de duda, que su padre abusaba sexualmente de ella… desde hacía dos. Una noticia así revuelve el estómago, pero aún había más.

Esa niña llevaba dos años luchando. Había tenido el coraje de denunciarlo. Un parte hospitalario diagnosticaba “sospecha de abuso sexual”… y el juzgado había archivado su denuncia. No la creyeron. Durante dos años se tuvo que someter al régimen de visitas que le obligaba a estar con su padre, empujada por sus profesores, incluso por la policía… a pesar de todas sus protestas, de su valor, de su perseverancia… por no hablar de las súplicas de su madre a los agentes de la autoridad, que le escucharon decir al padre “prefiero verla muerta que dejar de verla”.

¿Cómo puede ser? ¿Cómo cabe el archivo en este caso? Me refiero a que, incluso si la niña estuviera mintiendo, si sufriera alucinaciones, si estuviera manipulada… hay que investigar porque, sea lo que sea, algo ocurre. De hecho, podía ser lo peor. Y lo fue.

Me parece gravísimo que consideremos a los menores como objetos. Que no tengan más opción que obedecer. El hecho de que sean pequeños no les resta ni un ápice de humanidad: tienen sentimientos, inteligencia, razones… y, además, en grado sumo. En un mundo tan pequeño como el suyo, todo es mucho más grande. El dolor, el asco, el miedo… es superlativo. Aseguramos que “los niños siempre dicen la verdad” pero no les consideramos merecedores de la presunción de inocencia.

Las cifras son escalofriantes: Se estima que en Europa uno de cada cinco adultos ha sufrido abusos sexuales en su infancia pero la mayoría no hablará de ello en su vida. Eso explica que, entre las seis horas de grabación de la niña, se escuche cómo acusa a su padre en presencia de sus abuelos y cómo reaccionan ellos: primero lo justifican y luego cambian de tema.

La protagonista de la noticia es una superviviente. Seguramente por eso no la creyeron, porque fue valiente, porque lo narraría con frialdad, la que necesitas para alejarte de eso y no volverte loca. Pero hoy es más fuerte que ayer, no por ella misma, sino porque ha logrado abrir los ojos de su entorno y ha conseguido que dejen de obligarla a estar con su padre. Otros, ¿cuántos?, se rinden. Yo, como supongo que todos vosotros, conozco más de un caso.

Ponerme en la piel de esa niña me pone los pelos de punta. Pero lo hago porque creo que como adulta que soy tengo esa obligación, la de recordar que tuve su edad, cuando no tenía poder, pero sí conciencia. Y la de ir arreglando lo que veo estropeado y está a mi alcance. Pero yo sola no puedo.

Creo que debemos exigir que ese juzgado sea expedientado. Ha producido un daño irreparable, debe establecerse un precedente y diseñarse un protocolo para que nunca más un grito de auxilio sea ignorado. Siempre debe investigarse a conciencia y averiguarse hasta el final. Incluso si es falso, debe tener consecuencias porque uno no pide ayuda sin más. Menos a esa edad. Siempre hay algo detrás.

Y debemos abrir los ojos y los oídos a los más pequeños, a los que no tienen voz y menos aún en el ámbito doméstico, tras una puerta que les separa del mundo. Debemos romper con ese tabú y no me refiero a que les expliquemos una realidad que, afortunadamente la mayoría no conocerá nunca, sino a hacerles saber que la justicia es exigible en todos los lugares de la tierra, también en su propia casa. A hacerles distinguir la justicia de la injusticia, hacerles entender el porqué de la obediencia y sus límites, qué significa lealtad, desterrar la indiferencia… al final es una cuestión de comunicarse más y mejor, entre ellos y con nosotros. Son pequeños, pero son personas.

Ah, y debe revisarse la prescripción de este tipo de delitos porque el tiempo no puede “correr” si ellos no tienen opciones ni perspectiva. No es que sea injusto, es que es absurdo. Solo una persona libre e independiente puede plantearse superar su miedo, su parálisis, su impotencia, su vergüenza… y acceder a la opción de denunciar.

Cambiemos la mirada.

Si estás de acuerdo, ¿me compartes?

Nota: aquí está la noticia a la que me refiero.

Nota 2: Buscando una imagen para ilustrar este post, he acudido al banco de imágenes gratuitas del Ministerio de Educación y su buscador no encuentra nada en “violencia doméstica”, ni en “abusos”… al final he elegido “amistad”, con licencia Creative Commons.