Mis hijas me preguntan qué quiero ser de mayor y yo les contesto que pensionista. Una ahora quiere ser entrenadora de delfines, cocinera y cantante. Hace un par de años, vendedora de helados en una casa rodante para dar la vuelta al mundo. La otra aún se lo está pensado.

Mis hijas, lo más grande que he hecho, quieren saberlo todo sobre mí. Me piden que les cuente cosas de mi infancia y me pierdo en mi memoria.

Mis primeros recuerdos son vagos porque son muy lejanos. Aparecen mi madre y una amiga suya… al fondo hay más gente, pero está borroso… Me siento impotente y rabiosa porque no me entienden y mientras entre ellos cruzan palabras, a mí me dirigen balbuceos absurdos. Yo les pido que me hablen bien, pero no me hacen ni caso y, de repente, la amiga de mi madre dice (no a mí, pero sí mirándome), “pues claro que nos entiende”… y paso del hervor a la paz.

Luego llega otro en el que calculo que tengo 3 años y tres meses. Estoy contenta porque voy a ir al cole de mi hermana. Pero una vez allí, ella se marcha por un lado y a mí me llevan por otro… ¿a dónde? A sentarme encima de una mesa gigantesca, con las piernas colgando, junto con un montón de niños llorones. Pronto me veo rodeada a izquierda y derecha. No comprendo nada y cada vez lloro con más ganas. Los mocos comienzan a asfixiarme y temo por mi vida. Me doy cuenta de que cada vez somos menos. A medida que dejan de llorar se los llevan. No lo tengo claro, ¿seguir allí? ¿correr una suerte incierta? Nuestro número se reduce drásticamente y trato de parar porque me aterra quedarme sola, pero ya no soy capaz, el hipo me domina.

Siempre me he preguntado por qué guardo recuerdos tristes, ¿por qué se me quedan grabados? ¿le pasa a todo el mundo?… Mis hijas se impacientan, pero yo quiero encontrar algo feliz. Las ignoro y continúo buceando.

Ahí está. Existe, pero lleva aparejada una larga y azarosa historia.

Es el día de mi Comunión y también mi cumpleaños. Estoy feliz porque soy la protagonista de la jornada y porque estoy embutida en ese traje de princesa. Tras salir de la Iglesia, nos dirigimos al restaurante de la playa donde habitualmente veraneamos. Allí, en una urbanización desierta, nos espera una paella en el restaurante. Hay muchos amigos de mis padres y unos cuantos niños de mi edad. De punta en blanco, apenas puedo moverme y jugar.

Tras la comida espero la tarta, una muy especial porque sé que en las comuniones hay y porque, además, es mi cumpleaños. Pero no hay tarta.

Estoy muy triste y me distraen de mi decepción con la entrega de regalos: pendientes que no puedo usar porque no tengo agujeros, escapularios que mi madre guarda para que yo no pierda, un despertador ovalado dorado, mi primer libro, “Corazón”, una pulsera preciosa que consigo esconder de mi madre (con la complicidad de los obsequiadores… aún la conservo y sigue siendo bellísima). En medio de ese momento confuso, retiran una cortina y descubro ¡una bicicleta! Una Orbea blanca inmaculada. Mía. Mi primera bicicleta, por la que llevo suspirando toda una vida.

No me dejan estrenarla. El traje de princesa es prestado y punto. De ahí al trastero. La acaricio y me despido de ella hasta el verano. Faltan sólo unos días para que termine el curso, así que nuestra separación será breve y pronto podré unirme a mis amigos, por primera vez, a lomos de mi bicicleta.

Yo quería que ese día fuera perfecto y seguramente por eso puede que haya deformado los hechos (felicidad = realidad – expectativas), pero tengo pruebas de que no fue una comunión al uso, la principal es que no existe ninguna foto de ese día.

Me sumerjo de nuevo: cuando por fin nos trasladamos al apartamento, la ansiedad me domina. Quiero llegar ya, subirme a mi bici y luchar con el viento. Cuando llegamos la bicicleta no está. La han robado del trastero, no se han llevado nada más. Ya no hay bici. Mi maravillosa Orbea blanca se ha esfumado. Otro verano sin bici, corriendo tras la pandilla y mendigando unas pedaladas cuando todos descansen.

La historia no termina aquí. Evidentemente, el momento feliz aún no ha llegado, aunque era preciso contar esto para comprender el éxtasis.

Unos meses después. Día de Reyes. En el trabajo de mi padre es costumbre repartir regalos ese día. No voy con ilusión. No, los Reyes nunca me regalan lo que les pido, todos los años se empeñan en endiñarme una muñeca, el regalo más absurdo del mundo, ¿por qué se empeñan en que cuide una cosa que ni siente ni padece? Vuelta a esperar mi turno para acercarme y besar al rey correspondiente.

Este año el regalo es espectacular. Un laboratorio de química que, aunque no contiene el microscopio de la foto, está lleno de sustancias de colores y de un libro de instrucciones para llevar a cabo diversos experimentos (bueno, algunos, como fabricar pólvora, no están ahí… pero ésa es otra historia). Además, un disfraz de enfermera, ¿qué más se puede pedir? Me lo pongo inmediatamente.

Mi padre nos explica que debemos conservar el papelito que acompaña al envoltorio de celofán. Es un número para una rifa que van a celebrar a continuación. Nos dice que tenemos que repetir en voz baja el número para hacer fuerza y que nos toque. Le hago caso y comienzo a murmurar mi cifra una y otra vez… ¡Funciona! No puedo creer que yo sea la afortunada, ¿qué me ha tocado? Me cuesta leer lo que escribo porque me saltan las lágrimas. Es una BH azul metalizada, la bicicleta más bonita del mundo. ¡Y es mía!

Ése es el recuerdo más feliz que atesoro de mi infancia.

Pero esto no acaba aquí. Mi vida transcurrió con ese maravilloso tesoro en mi corazón. Esa bicicleta me hizo feliz muchos años (y me acompañó en épicas aventuras, como aquella vez que acabamos buscando a unos niños perdidos, que en realidad éramos nosotros… pero ésa es otra historia). Tuvieron que pasar casi cuarenta para que se encendiera una luz, comprendiera lo que había ocurrido y mi maravilloso recuerdo se empapara con nuevas lágrimas, esta vez de amor y nostalgia.

No sé cómo ni por qué, un día ese recuerdo vino a saludarme… y supe que mi padre había amañado la rifa. Mi padre, el mejor padre del mundo, nos había dejado hacía unos diez años. Ya no podía preguntarle, así que me dirigí a mi madre. Me costó ponerla en situación, para ella era un recuerdo vago… lo desmintió con convicción: “Imposible. Eso no puede ser. Estás equivocada, ¡qué tontería!”. No tenía sentido que me engañara a estas alturas de la vida… ¿serían imaginaciones mías?

Unos días después asistí a una cata de vino Albariño donde, no podía ser casualidad, me encontré con el mejor amigo de mi padre. Y sentí la urgencia de contrastar los hechos porque se abría camino en mi mente la posibilidad de que mi madre fuera una víctima más de la estafa. Mi madre jamás habría consentido que se destinara parte del presupuesto familiar a comprarme una bicicleta. Nunca nos faltó de nada pero porque trabajaban mucho, administraban muy bien y distinguían entre necesario y superfluo.

Ella era dura. Mi madre, que perdió a la suya muy joven, trabajó hasta el mismo momento en que emigraron con sus tres primeras hijas. Luego llegamos cuatro más. Hasta que la pequeña no entró en el colegio, ella no volvió al mundo laboral… y luego al universitario… pero ésa es otra historia.

No hubo lujos, pero nunca nos faltó de nada, me refiero a comida, abrigo… Cuando te hacías una herida te la limpiaba diligentemente y, si te quejabas, te respondía que si duele estás vivo. Mi padre tampoco había sido especialmente cariñoso. Ahora creo que no sabían serlo. Sus infancias habían transcurrido en la postguerra. Mi padre era pura emoción, lo sabías cuando le brillaban los ojos.

Estoy segura de que aquel día en que descubrimos que me habían robado la bicicleta, mi padre sufrió tanto como yo (más no me cabe en la cabeza, aunque no descarto que en la suya sí).

¿Y si mi padre hubiera deseado reparar el daño pero fuera inviable plantearle a mi madre la compra de una nueva bicicleta? Sonaba plausible. Él no era de los que se rinden, nos enseñó que siempre hay muchas soluciones.

Vino en mano, decidí compartir mis sospechas con su amigo… “No tengas ninguna duda. Fue exactamente así”. No conocía la historia. Al parecer había sido un secreto, incluso para su mejor amigo, pero me dijo que tenía la certeza de que había ocurrido tal cual se lo estaba contando porque había sido testigo de otras rifas amañadas por él. No conocía su procedimiento y siempre le impresionaba, pero sabía que hacía trampa. Así mismo, me confirmó que nunca, ni antes ni después de aquel día, existió un sorteo en la fiesta de Reyes, a la que él también llevó a su numerosa prole, año tras año. Y, además de los procedimientos, también le cuadraban los motivos.

Así pues, rellené la historia en base a mi intuición. A mi padre no se le fue de la cabeza la bici robada. Un día, casualmente, había surgido una oportunidad (él las veía y aprovechaba todas… pero ésa es otra historia) ¿un escaparate en liquidación? ¿quizá a través de algún amigo? tenía muchos… No era viable que la trajeran los Reyes. Sería injusto un regalo así en comparación con el resto de mis hermanos.

Solución: una rifa. La niña recibe la bici, la madre no cuestiona el gasto (que seguro que fue mínimo o nulo), los hermanos no envidian, no se generan expectativas para años sucesivos… mi padre era todo un malabarista, capaz de conciliar múltiples intereses… incluso de crearlos si fuera necesario. Así nos entretenía contando vacas en el viaje a Galicia, tras más de 12 horas apelotonados en el asiento trasero del coche. Las había a miles y en lugar de resultarnos aburrido, lo convirtió en la competición anual más emocionante… pero ésa es otra historia.

Gracias papá.

También, gracias mamá.

Ya tengo un recuerdo que contarles… cargado de enseñanzas y emociones… ahora, ¿por dónde empiezo?

María José Medialdea Fernández