No la conocí. Murió cuando mi madre era muy joven, tanto que mi tía Elena, la más pequeña, por más que se esfuerza no logra recordar su cara… pero sí su olor que, cuando la evoca, la inunda por dentro. Todo lo que sé de ella me lo han contado, aunque hubo una vez, frente a su tumba, que le pedí ayuda y me la dio… eso te lo cuento luego.
Le debo mi nombre. Mi madre decidió que o sí o sí, fuera chico o chica (de aquella no hacían ecografías), me iba a llamar así. Así… o como su marido, mi abuelo José María, o como su hija, mi tía María José, o como su hijo, mi padrino y tío, José María 😉
Josefa era una isabelita, un apodo que, como me contó mi prima Elena, nos ha quedado a las siguientes generaciones. Proviene de la que fue su hermana pequeña, Isabel, y, por extensión, así llamaban, en Pontevedra, a todas las hermanas, las isabelitas. Parece que eran de armas tomar. Y, a día de hoy, nos lo recuerdan cuando asomamos el genio: “¡ahí sale, la Isabelita!”.
Mi abuela no tenía estudios pero sí sabía leer, escribir y hacer cuentas. Eso y tirar para adelante. Su infancia la pasó por los caminos, porque su padre, de origen valenciano, era un pieza… no voy a criticarle ahora que no está aquí, esa es otra historia, lo que importa es que la madre de mi abuela, lejos de arredrarse porque él hubiera perdido todo a las cartas, porque de repente pasara de ser rica a no tener nada, cogió un carro, lo llenó de telas, cargó a sus hijos y se dedicó a la venta ambulante. No solo eso, logró remontar y fundar una compañía de autobuses (conocida como La Isabelita).
No fue fácil. De noche, mientras recorría los caminos, porque a los mercados de las aldeas había que llegar temprano para montar el puesto, vestía un guardapolvos, se ponía una pipa en la boca y bajaba varios tonos su voz para arrear al caballo… no fuera a llamar la atención de posibles ladrones emboscados sobre ella y su descendencia: llegó a tener 18 hijos, muchos de ellos, no sé cuántos, antes de casarse (eso sí, todos del mismo padre, el valenciano, que no sería tan malo cuando su hija pequeña se fue a enamorar de un paisano suyo) pero sólo cinco pasaron de los 12 años… uno de ellos, mi abuela.

En el centro de la imagen, con sus padres y hermanos.
Josefa era una mujer decidida… y mi abuelo vasco cayó a sus pies nada más verla, cuando se la encontró en una de sus expediciones comerciales a Galicia, viajando sola en un autobús. Aprovechó la parada para invitarle a una cerveza, ella le respondió que era muy atrevido… pero la conversación debió continuar por otros derroteros o yo no estaría escribiendo esto.
La que luego sería mi abuela era muy emprendedora. Mi abuelo, recordado, entre otras cosas, por su abundancia de orgullo, opinaba que no era necesario que trabajara… porque otros podían pensar que él no era capaz de mantenerla. Pero a ella los complejos ajenos le daban bastante igual. Tampoco le iban las indirectas. Tenía visión comercial y era incansable.
Podía incluso con la paciencia del gobernador, que tuvo que aguantarla a su puerta tantos días como estuvo en la cárcel mi abuelo, exigiendo saber la razón de su detención. De madrugada se acercaba a ver salir los camiones de los que iban a fusilar, para asegurarse de que no estaba entre ellos. Luego volvía… hasta que agotó su paciencia y consiguió su liberación, ya que no existía causa, más allá de una denuncia anónima de alguien que dijo que alguien había dicho que iban a bombardear Pontevedra… y esa conversación tan subversiva (España estaba en plena guerra civil) había sido escuchada en su comercio. Ese disparate le podía haber salido muy caro porque en esos tiempos se cambiaban unos presos por otros a cambio de una mordida… y acababan en el paredón los más inesperados.
Fue una gran cocinera, doy fe porque conozco algunas de sus recetas… y porque cuando creo que he inventado algo nuevo, a mi madre le recuerda mucho a algo que ya hacía la suya. En su mesa siempre había marisco de primero (un lujo que mi madre pensaba entonces que era habitual), marisco que compraba todos los días en el mercado, impresionando a mi madre con sus artes negociadoras y con el dominio del gallego (en su casa, en atención al vasco, se hablaba castellano).
Físicamente era alta y esbelta. Tuvo cuatro hijos. La pequeña la concibió ya cuarentañera y, para colmo, sufrió una caída en la calle y se puso de parto mucho antes de lo esperado. Mi pobre tía nació como un fideo, pesó 1,7 kilos, cuesta creerlo pero dicen que era más fea que picio, y, para que engordara, la alimentó con leche artificial, que entonces era carísima.
Mi madre también le dio quebraderos de cabeza. Quería estudiar Medicina… pero de eso no había en Pontevedra. Y como su hermana mayor ya había “vivido” la aventura de Santiago (con desenlace desastroso) no hubo manera. Así que mi madre, para demostrar que aprovecharía la oportunidad si se la daban, se matriculó en todo lo disponible en Pontevedra. Llevaba un ritmo tal que cuando le abandonaban las fuerzas, por la noche, ni se le pasaba por la cabeza que tenía una tuberculosis de caballo. Afortunadamente, mis abuelos vivían desahogadamente y pudieron pagar los antibióticos de contrabando, traídos de Portugal (la ración diaria, dos dosis de estreptomicina, costaba 1.000 pesetas de entonces). Eso, una reparadora estancia en las montañas y ponche de huevo para desayunar, comer y cenar.
En aquella época las faenas del hogar eran mucho más duras, pero tenía ayuda. Ella era quien hacía la compra y cocinaba, porque a mi abuelo sólo le gustaba lo que ella guisaba. El resto, lo delegaba, aunque supervisado al detalle e inculcando a sus hijos el respeto a sus empleados, a quienes servía exactamente la misma comida, pero en mayor cantidad, puesto que hacían más ejercicio.
Josefa sacó adelante negocios y familia pero, quién lo diría, era una persona débil. Sufrió una dolencia hereditaria llamada esclerosis renal, que la mermó considerablemente. Tras una larga enfermedad y solo una diálisis en toda su vida, se la llevó una noche, cuando aún no había cumplido los 50.
A pesar de la debilidad que le provocaba el envenenamiento de su sangre e incluso cuando estuvo postrada, siempre veló por sus hijos. Su ausencia fue tan grande como su presencia. Mi abuelo, a quien tampoco conocí, se amargó. Y mi tía pequeña aprovechó para esquivar los estudios a los que habían sido empujados el resto de sus hermanos… aunque aprendió a coser y a cocinar como nadie, doy fe. Y, ya de mayor, hincó los codos para progresar laboralmente.
Volviendo a mi abuela, mi madre habla con naturalidad de la suya. Recuerda su última noche, en la que estuvo a su lado, la acompañó hasta el último suspiro y atesoró la serenidad que le transmitió en sus últimos instantes. Cuenta maravillas de ella: guapa, inteligente, valiente, alegre, decidida… pero mejor la describen algunas anécdotas.
Un día recibió una visita. Era una joven conocida, la hija de una señora que servía en casa de mi bisabuela. Ambas, madre e hija, eran también habituales colaboradoras de mi abuela cuando la huerta lo requería. Se había quedado embarazada y su madre la había echado de casa… Josefa la tranquilizó y fue a hablar con la madre agraviada, para hacerle ver que su hija la necesitaba más que nunca y le aseguró que, si no la volvía a acoger, ella misma le abriría su puerta. Debió de ser un discurso convincente porque arregló las cosas. Tanto que aquella joven, que más adelante marchó a América y regresó con un nuevo marido y dos hijos más, siempre le estuvo agradecida y nunca dejó de recordárselo a mi madre, muy emocionada.
Mi abuela creía en Dios, pero no en la Iglesia. Por eso no iba a misa los domingos ni organizó comuniones… una cuestión que angustiaba a mi madre, quien, educada en la escuela nacional católica, sí creía y sí necesitaba aquel sacramento. Afortunadamente, logró la complicidad de una hermana de su madre, que le cosió un vestido y le ayudó a la celebración de una ceremonia clandestina, un día entresemana, sin ningún tipo de boato. A escondidas. O eso pensaba ella porque, con el tiempo, ha llegado a la conclusión de que la única engañada fue ella, ya que en una ciudad como Pontevedra no existían los secretos, y menos para mi abuela Josefa, que no tenía un pelo de tonta.
Todos los años, de cara a la celebración de “Todos los Difuntos”, mi abuela equipaba convenientemente a sus hijos, renovando, entre otras cosas, su calzado. El azar quiso que, unos días antes del acontecimiento, mi madre se encontrara, a la vuelta del colegio, con una montaña de arena en medio de la calle, esperándola para jugar. Muy responsable, se quitó los zapatos para no estropearlos, y pasó un buen rato disfrutando de la ocasión… pero cuando quiso calzarse, no pudo. Le faltaba uno. Por más que removió no fue capaz de encontrarlo y tuvo que regresar a casa medio descalza. Ocultó el hecho recurriendo a su recién jubilado, pero todavía presente, par de zapatos. Días después, todos listos, a la puerta de casa, de punta en blanco, mi abuela detectó la incongruencia y la mandó subir a cambiarse. Como no bajaba, fue a averiguar qué pasaba y la encontró acongojada, sentada al borde de la cama, dejando pasar el tiempo consciente de lo inutil del encargo. A mi abuela le dio mucha risa: ¿quién pierde un zapato?
La última historia es algo tétrica. Tuvo lugar en el cementerio. Allá fueron las isabelitas a enterrar a su padre y, para ello, abrieron el ataúd de su madre porque, como ya habían pasado varios años, habían decidido que descansaran juntos. Fue un momento intenso, embargadas por el dolor de su última pérdida, podrían ver por última vez los restos de su madre. Al asomarse, descubrieron que Ramona (mi bisabuela) se mantenía incorrupta, tal cual la habían despedido.
Mi madre lo narró siempre tan impresionada que yo durante muchos años pensé que era ella quien había sido testigo de tal maravilla y que, lógicamente, hablaba de mi abuela. Es más, mucho después, cuando todavía estaba instalada en esa confusión, nos encontramos en ese mismo cementerio.
Había fallecido, demasiado prematuramente, el que fue mi mejor amigo, hacía ya unos meses. En el registro del camposanto llevaban un considerable retraso y el funcionario aún no había anotado su ubicación. Faltaba media hora para que cerraran las puertas y esa noche me marchaba. Quizá para el año que viene podría volver a consultar el libro. Completamente hundida, reprochándome no haber hecho esa visita el primer día y haber contado con toda la semana para peinar las lápidas, calle a calle, decidí darle algún sentido a mi presencia allí pasando a saludar a mis abuelos: a Emma, a Hernando, a José María y a Josefa.
Sabía por mi madre que mi abuela era muuuuy buena. Me había contado lo de “su” asombrosa conservación. Estaba desesperada. Le pedí ayuda. Y no me contestó, pero sí me sentí reconfortada. Consulté el reloj, aún quedaban cinco minutos. No perdía nada por dar un paseo. La historia no estaba hecha de cobardes. Caminé dando vueltas, atenta a las inscripciones.
Entre la fina lluvia resonaron las campanas avisándome del inminente cierre de puertas, justo cuando me cruzaba con un par de señoras mayores que, apresuradas, enfilaban hacia la salida… parecía inútil, pero les pregunté.
Me miraron, se miraron… y una de ellas me respondió:
– ¿Xil? ¿Qué Xil? ¿Dixes ixe que, te refires o fillo de… ixe que lle alquila el piso a mi sobrina…? ¿non sabes?
Pues no, no sabía. No sabía si era yo o la otra mujer la que tenía que saberlo. Me sentí muy imbécil y les debí de dar mucha pena porque, aunque no había conseguido articular palabra para contestar que no tenía ni idea de quién era el casero de su sobrina, y mucho menos hacerlo en aquella mezcla de gallego y castellano, pronunciado a mil por hora, no dieron por finalizada la conversación.
– E que si é ixe… está alí – abrió su mano para señalar justo detrás de mí.
Me giré y, efectivamente, allí estaba, a menos de un metro de mí.
¡Gracias abuela!
Nota: le dedico este relato a mis hijas y sobrinos, para que perviva también en su memoria.
Preciosa historia. Gran parte ya la conocía pero me encanta leerla con tanto detalle. La familia es lo más importante que tenemos y estas historias no se pueden perder. Espero que caiga otra pronto!
Un beso,
Javier
Gracias Javier. Yo también creo que la familia es lo más importante y que la distancia no la separa. Y no me refiero a los medios que tenemos hoy, que también, sino a que multiplica las ganas de verse y tocarse, las cosas que contarse, convierte los encuentros en acontecimientos… por cierto, ¿cuándo venís a vernos? 😉
Y sí, yo también creo que es una gran historia, como la de todas las personas, si te paras a mirarlas. Estoy intentando reunir todo lo posible de nuestra familia (tengo varios perfiles empezados), pero necesito hacer algunas entrevistas, para confirmar los datos y añadir más información y, sobre todo, para conseguir fotos, que es lo que me está resultando más complicado. Así tendréis más historias que contar cuando seais abuelitos 😉
Oye, y del blog, ¿no me dices nada? Acabo de lanzarlo y ¡quiero críticas! (formuladas con cariño mejor, claro).
Un abrazo fuerte!