Señoras y señores que gestionan la comunicación política en España a base de relatos, creo que no se han parado a pensar en que las técnicas y tácticas de comunicación política tan punteras que utilizan no son nuevas. Solo son producto de la ciencia: parten de la observación, identifican factores, luego las relaciones que se establecen entre esos factores. Finalmente, tratan de modificar la fórmula metiendo la cuña en el punto preciso del engranaje para alterar el producto final al gusto. Me refiero, evidentemente, al manido relato.

Están perdiendo de vista una de las limitaciones de la ciencia. Tratar de poner orden en el caos es presuntuoso. Solo sirve para que comprendamos mejor la realidad en nuestro vano intento de abarcarla y, más aún, de modificarla. Requiere dar por válidas hipótesis ciertas, que puede que lo sean, pero nunca para siempre. Olvídense. Siempre no existe. El caos gana. Y ahí está la historia, que es muy tozuda, para recordarnos que la realidad, una y otra vez, nos supera.

Por eso lo de vender relatos está funcionando bastante bien en Estados Unidos: sus ciudades se desmarcan, pero pierden frente a un elevado volumen de población dispersa y aislada. Elevado si comparamos con Europa. Y más aún con España. No porque no exista la España rural. Mermada, pervive. Es que en España tenemos bares. Nuestra población rural no vive en la inopia. Ya les gustaría.

Todo empezó en los bares

Fue en esos bares donde nació el relato que hoy pretenden manipular con técnicas científicas. Allí, en torno al café o al carajillo, entre cuncas, zuritos, cañas o sidriñas, la opinión es libre. Y osada. Está claro que no es ahí donde se arregla el mundo. Pero sí donde se construyen los relatos. Donde la explicación más plausible y coherente gana adeptos. Donde se forman las opiniones y se deciden los votos.

Porque nuestros campos se han ido vaciando, pero las costumbres, junto con las personas, solo han cambiado de sitio. En España los bares son el pegamento social de las superestructuras urbanas. Y ahí, en sus barras, se siguen construyendo y consolidando los relatos. Luego se desplazan a la sobremesa de los encuentros familiares, al corrillo de la cafetera de la empresa, a las redes sociales… Pero no a las encuestas de voto, que ya ven que fallan y vuelven a fallar. Directamente a la urna.

Al final no está la nada

Así que, olvídense, los mass media (prensa, radio y televisión) ya no son lo que eran. El intrusismo y la mala praxis han conseguido minar su credibilidad. Queda la resistencia de profesionales y existe la maldita hemeroteca. Contra esa hemeroteca, hoy tan ‘molesta’, ya están luchando vía montajes. Sí, es cuestión de tiempo que la acaben diluyendo. Pero en medio de ese caos, que siempre acaba ganando, ahí seguirán los bares.

Si pensaran a más largo plazo, instruirían a su masa afiliada para instalar su barricada en cada una de esas barras. Pero, qué mala suerte la suya, seguirá sin existir siempre. Seguramente se parecería mucho a otro Vietnam. Haría mucho daño, cierto, pero sería una guerra, con daños colaterales, perdida desde el primer día. Estaría bien que dejaran de jugar con armas de verdad. Ustedes también se están haciendo pupa.

Es cierto, como ustedes manejan, que somos más emocionales que racionales. Pero por encima de todo las personas creemos a quien despierta nuestra confianza. Lo de que la mayoría de la gente es buena es cierto, pero no tonta. Y en las distancias cortas, en las barras de los bares, las mentiras tienen las patas aún más cortas y los hechos hablan más que las palabras. Se les va de las manos.

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