Harta de injusticias, decidí tomar las riendas de mi vida. Esa noche me acosté con el propósito de mantenerme despierta hasta estar segura de que todos dormían. Y lo logré. En algún momento de la oscuridad me levanté, abrí la nevera y robé un par de zanahorias. Luego cogí mi toalla azul y me marché.
Al llegar a la calle culminé el plan y comencé a improvisar. Para no perderme, lo mejor sería caminar por la orilla de la playa hacia confines más o menos conocidos, al menos por su nombre.
Me crucé con algunos pescadores que apenas me prestaron atención, pero que me proporcionaron la tranquilidad de saber que había personas a las que recurrir en caso de apuro.
Luego continué avanzando… menos segura de mis pasos. Estaba cansada y mis pies se alejaban de los espacios familiares. Decidí arrimarme a las dunas para encontrar un hueco donde dormir. Pero no fue fácil, escuchaba ruidos y estaba muy oscuro. Levantaba la cabeza y atisbaba las luces, aisladas y quietas, de los pescadores en la orilla.
Al final se hizo de día y le hinqué el diente a la primera de las zanahorias, que remojé en el mar para aderezarla con el gusto salado de las olas. Me sentí mejor… pero por poco tiempo. El sol de verano empezaba a castigar y no tenía ni idea de adónde ir. Había consumido la mitad de mis provisiones.
Me aventuré entonces por las huertas. Caminé y caminé por la orilla del camino, evitando el asfalto, porque había huido descalza, para no hacer ruido. Estaba desorientada. O no, quizá mi subconsciente estaba al cargo. Puede ser. El caso es que constaté que estaba realizando una media circunferencia sobre el punto de partida.
Me comí la segunda zanahoria sentada en un banco encalado, a la sombra de unas adelfas, junto a un transformador eléctrico. Comencé a temer por las consecuencias de mis actos. Seguía teniendo toda la razón del mundo, pero era débil y tenía miedo. Miedo de volver y miedo de seguir.
Empecé a reducir el círculo. Siempre contorneando la urbanización y acercándome cada vez más… esperando que ya se hubieran dado cuenta, confiando en que estuvieran arrepentidos por haberme tratado así. Querrían que volviera. Me estarían buscando.
En todo esto pensaba cuando me tropecé con alguien conocido. Un vecino, en bicicleta, que me informó de que me iba a caer una buena bronca en casa, porque llegaba tarde a comer, ¡que ya eran las 3!
Y se marchó. Y yo me quedé pensando. Y me debatí entre echar a correr, huyendo de nuevo, o regresar con el rabo entre las piernas, que en esos momentos temblaban.
Deshice el camino, subí a casa. Todos estaban sentados a la mesa. Me gritaron que qué horas eran esas y me ordenaron lavarme las manos antes de sumarme.
La comida se terminó y nadie, ni mis padres ni mis seis hermanos, se enteraron de que yo había huido de casa.
Yo nunca lo olvidé. Tenía siete u ocho años. Jamás volví a huir.
(Imagen de Federico Beccari, procedente de Unsplash).
Qué precoz, me ha encntado.
No te creas, cuando tienes tantos hermanos mayores (en mi caso cinco), sabes mucho de la vida… pero poco de los porqués. Yo necesitaba darme golpes de vez en cuando para comprender 😉
Todo un privilegio el que tuviste pero como bien dices, todos aprendemos experimentando en carne propia.