¿Cuántas veces has escuchado eso de: ‘es en casa es donde se tiene que aprender a…’? A partir de ahí, la frase varía: decir por favor y gracias, respetar a los demás, comer correctamente, no gritar, no insultar, no burlarse de la diferencia, no pegar, ayudarse… en resumen, educación social. Yo cada vez que lo oigo me pregunto de dónde viene tanta ingenuidad.
En casa me enseñaron a pedir las cosas por favor y a agradecer lo que me era dado. También me corrigieron mi impulso natural a resolver los conflictos por las malas, incluso cuando no me funcionaban las buenas. Me educaron con respeto y me adiestraron en el arte de la discusión, la negociación e incluso la persuasión. Dicho esto, soy consciente de que tuve mucha suerte.
Porque en otras casas he presenciado escenas esperpénticas. Por ejemplo, aquella vez que un padre (delante de mí y de sus tres hijos ya mayorcitos) llamó a su mujer (y madre de sus hijos) con un diminutivo, acompañado de un soniquete burlón: ‘¡¡Amparín!! ¡¡¡la fruta!!!’. Ni por favor ni gracias. Ella acababa de sentarse a la mesa para comer, pero él requería su atención para hacerle saber que había finalizado el segundo plato y la fruta no estaba ahí, lista para él.
En mi casa nadie habría empezado a comer hasta estar todos en la mesa. La fruta la habría traído quien acabara antes… y mi padre nos la hubiera pelado. En mi casa nos habríamos reído mucho ante una situación tan ridícula.
Por eso creí que era una broma y me reí. Pero no. Las miradas de cinco personas me interrogaron sobre la causa de mi ‘sorprendente’ reacción. Mientras bajaba la mirada descubrí que mi plato era el único también sin empezar. Y el eco del trote por el pasillo, hacia la cocina, donde estaba la fruta, convirtió mis carcajadas en atragantamiento.
Por mis cojones
En otras casas, todas muy dignas, y estando yo delante, se ha proferido a gritos “por mis cojones”. O se han propinado puñetazos a la mesa con ánimo intimidatorio y como único argumento y cierre de discusión. También, ante la indiferencia de todos los presentes, he escuchado más de una vez calificar de inútil a alguien por una torpeza accidental, como volcar el vaso de agua en la mesa o tropezarse con algo.
¿Nos puede sorprender que esas personas tengan comportamientos antisociales? Claro que podemos cerrar los ojos y decir que a portarse bien se aprende en casa. Podemos seguir haciéndolo. Pero lo que ocurre puertas adentro de cada casa, no se queda ahí. Sale por la puerta en forma de educación: buena, si tienes suerte, o mala, si no la tienes. Entre el blanco y el negro, muchos grises. Pero, en todo caso, grabada a fuego.
Sale por la puerta y llega a la escuela, al instituto, a la universidad, al puesto de trabajo, a la pareja, a la cola del supermercado, a los asientos del autobús, al vecindario… y a otra casa con otra puerta que aísla del exterior.
Bullying, mobbing o repitiending
A todos los niveles (ricos hasta dar asco y pobres de solemnidad), se produce acoso en la escuela (bullying), en el trabajo (mobbing), violencia de género, evasión fiscal… y más allá de lo que está tipificado como delito, también está la inmoralidad: ¿no te has tropezado con esa persona que se cuela en el ascensor y deja fuera a un carrito o a una silla de ruedas que esperaba su turno, impasible a las miradas condenatorias o, incluso, a comentarios reprobatorios?
Esas personas que creen que quien no hace trampa es porque no sabe y, aún peor, convencidas de que están por encima de los demás, son una prueba de que la educación viene de casa. La buena, la mala y la pésima. Insistir en eso de que “es en casa donde se aprende a…” me recuerda a ese refrán de “no hay más ciego que quien no quiere ver”.
Los conflictos de intereses existen. Y también las técnicas para su resolución civilizada. Pero no todo el mundo tiene la suerte de aprenderlas en casa. En la escuela hay educación física pero no social, ¿por qué? Ese conocimiento debería ser universal y transmitirse por la vía formal de la que disponemos. No solo la teoría, también la práctica. Comprobando que funciona es como aprendemos el respeto, la comunicación asertiva, la negociación, el acuerdo, la colaboración… Luego, cada cual hará lo que le de la gana, como con el deporte. Pero ahí estará el conocimiento, ocupando lugar.
Es cierto que la vida ofrece segundas oportunidades. Puedes tener la suerte de tropezar con referentes que tambaleen tus convicciones y te reeduquen. Personas maravillosas, como aquella que partió por la mitad su bocadillo para compartirlo contigo en el recreo. Profesores y profesoras que sacaron lo mejor de ti. Superiores con quienes aprendes y creces, iguales de codo con codo, vecinos/as que rebosan generosidad, mecánicos/as en quienes confías, médicos que te escuchan, policías que te avisan, vendedores/as que te explican y aconsejan honestamente…
O todo lo contrario. La forma de hacer las cosas nace de la educación y lo sabes, ¿lo dejamos al azar y seguimos cerrando los ojos y reclamando imposibles?
NOTA: Amparín no se llamaba Amparín. Es un nombre ficticio. La anécdota, en cambio, es literal.
Imagen principal de Diane Joanis en Pixabay
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